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jueves, 22 de abril de 2010

Cap 6 - No es tan facil ser niñera


Capítulo VI: Edward, sinónimo de problemas.


"Entre más conozco a los hombres, más admiro a los perros"

.

Para Bella había sido trabajo difícil convencer a Edward de que realmente no necesitaba su ayuda. Claro, de hecho, ni siquiera había logrado que él dejara de insistir con el asunto. Cuando Esme y Angela habían abandonado la casa, hablando animadamente, Edward volvió a hacer alusión al tema.

—¿De qué fiesta se trata —preguntó, con una sonrisa ladina—, y por qué necesitas mi ayuda?

Bella soltó una especie de gruñido, mientras su rostro se tornaba rosado. Se sentó en el amplio sofá de la sala, con uno de sus libros entre las manos, escondiéndose detrás de él. Edward se acomodó a su lado, con los ojos brillantes y la sonrisa aún pintada en sus labios. Sí, podía verlo, podía sentir la satisfacción que aquella situación le provocaba.

—No es nada importante —respondió Bella, sin mirarlo. Aún sentía sus mejillas arder—, es una tonta fiesta a la que no pienso acudir.

—Oh, ¿por qué no? —preguntó él, con falsa preocupación—. ¿Necesitas alguien con quién ir y no sabes a quién pedírselo? —agregó, con una sonrisita burlona.

Bella bajó el libro, tan sólo para fulminarlo con la mirada.

—Eso no te incumbe.

Edward rió despreocupadamente, echando la cabeza hacia atrás.

—Vamos, Bella, yo puedo ayudarte —insistió—. Después de todo, aunque me pese, te debo una.

Bella sabía que aquéllo era una mala idea; sabía que, aunque Angela lo negara, era dar el brazo a torcer. Edward no la dejaría tranquila, lo tenía claro, su mente se lo gritaba. Su gran, grandísimo, error fue bajar el libro que leía. Los penetrantes ojos verdes de Edward se fijaron en los suyos. El muchacho se inclinó un poco hacia delante, sonriendo tenuemente. Bella podía jurar que nunca había visto ojos de aquel color, ni con aquel brillo. Aquéllo le dio un poco de miedo.

—Bella, déjame ayudarte —pidió—. Vamos, no quiero estar en deuda contigo.

La joven no podía parpadear.

Edward Cullen era demasiado persuasivo.

—Tienes veinte años, eres músico y nos conocimos en un bar durante uno de tus conciertos —soltó rápidamente y cerró los ojos, sin poder creerse lo que acababa de hacer.

Escuchó la musical risa de Edward y abrió los ojos.

—De acuerdo, la música se me da bastante bien —apuntó él, con una sonrisa ladina.

Bella rodó los ojos, murmurando un suave «arrogante», poniéndose de pie y sintiendo como, poco a poco, el arrepentimiento comenzaba a correr por sus venas. ¿Dónde se había olvidado su sentido común?

Oh, posiblemente en el apartamento, junto con su cordura.

—Es el viernes a la noche —explicó Bella—, pero preferiría que tu madre…

—No te preocupes, le diré que salgo con mis drugos—apuntó.

—Tus… ¿qué? —preguntó Bella, confundida.

Edward se carcajeó, a lo que su acompañante sólo lo miró con una ceja alzada.

—Drugos, amigos; ¿nunca has leído «La naranja mecánica», señorita «yo-lo-sé-todo»? —preguntó socarronamente.

Bella gruñó, mientras negaba con la cabeza.

—Yo no soy…

—Deberías leerlo —comentó Edward, interrumpiéndola—. Puedes pedírmelo cuando quieras —agregó, mientras se ponía de pie—; eso, u otras cosas… como lubilubar, por ejemplo—y, con un guiño, se dirigió escaleras arriba.

¿«lubilubar»?¿Qué demonios…?

Bella se hundió en el sofá, preguntándose aún dónde demonios se había metido.

Aquella tarde pasó sin mayores contratiempos, sobre todo porque prefirió evitar a Edward y sus sutiles comentarios acerca de los favores y todas esas cosas. Bella pasó la mayor parte del día con Alice, quien estaba realizando otro de sus extravagantes diseños. Eran alrededor de las cinco de la tarde, cuando se escuchó el timbre de la casa. Bella, tropezando con su propia silla, se puso de pie y se dirigió al recibidor para abrir. Detrás de la puerta apareció una joven de piel trigueña y ojos y cabello oscuros. La muchacha parpadeó unas cuantas veces, antes de preguntar, con voz profunda:

—Eh, perdón, ¿se encuentra Edward?

—Sí, debe estar en su habitación —apuntó, desinteresadamente.

—¿Puedes decirle que Rachel lo busca? —pidió coquetamente.

Bella suspiró. Debía haberlo imaginado.

¿Cuántas eran?, ¿veinte?, ¿treinta?

—Ya lo llamo.

Bella subió las escaleras, con tal fastidio, que creyó que rompería alguno de los peldaños —cuando lo que usualmente sucedía era que ella se rompía por culpa de uno de ellos—; sin embargo, logró llegar arriba sin ningún daño físico. Cuando encontró la puerta del cuarto de Edward, tocó fuertemente. Se escucharon algunos ruidos dentro, hasta que finalmente abrió. El muchacho llevaba tan sólo el pantalón del uniforme y Bella inevitablemente escaneó su torso desnudo. Contuvo la respiración, sabiendo que había algo que no podía negar: el chico estaba bueno. Realmente bueno.

La joven Swan sacudió la cabeza, mientras Edward reía suavemente.

—Insisto, mirar es gratis —comentó el muchacho, con arrogancia.

—Los golpes también son gratis… —murmuró Bella, casi para ella misma.

Edward volvió a reír.

—Por cierto, una tal Rachel está esperándote abajo —masculló Bella, señalando con su pulgar la escalera.

—¿Celosa? —preguntó Edward, con aquella media sonrisa suya, mientras se acercaba un poco a ella.

La muchacha ladeó la cabeza, mientras hacía una mueca de lástima.

—Deja de perder tu tiempo conmigo, Cullen —pidió, con compasión—, te lo digo honestamente.

Edward tan sólo le guiñó un ojo, tomó una camiseta y salió de la habitación mientras se la abrochaba; pero, cuando comenzó a bajar las escaleras, Bella puedo escuchar claramente el comentario del mayor de los Cullen:

—No te la voy a poner tan fácil, querida nana.

La muchacha suspiró pesadamente, conteniendo sus instintos homicidas. Decidió refugiarse en la cocina; quizás, con algo de suerte, nada más sucedería esa tarde. Sin embargo, parecía que nadie oía sus plegarias allí arriba. Riendo tontamente, Rachel entró en la habitación, seguida de Edward, que venía hablando sobre alguna cosa. El muchacho le dirigió una rápida mirada a Bella.

—Nana —llamó, con tono socarrón—, ¿podrías llevarnos algo de beber a nuestra habitación?

Bella suspiró, dándoles la espalda.

—Ya va, pequeño —se burló y, después de resoplar fuertemente, se dirigió a la nevera, mientras Edward y Rachel salían de la cocina.

Se tomó su tiempo para preparar los dos vasos con jugo; incluso se dirigió hasta la habitación de Alice, con paso lento, para preguntarle si quería algo. Después de la negativa de la pequeña, Bella regresó a la cocina y tomó una simple bandeja de plata, donde colocó los dos vasos. Subió las escaleras con sumo cuidado, ya que no hubiese sido extraño que trastabillara y todo se le cayera. Cuando llegó al segundo piso, suspiró aliviada. Aún intentando no balancear mucho la bandeja, empujó la puerta de Edward con la espalda y se volvió. Sus ojos se abrieron como platos y sus manos fallaron: sobre la cama estaban Edward y su «amiga»: ambos ya no traían camiseta y se besaban como si la vida se les fuera en ello. Desde su posición, tuvo una buena visión de las manos de Edward sobre el trasero de la joven.

Claro, todo el contenido de los vasos terminó en el suelo, y los cristales volaron hacia todos lados, en miles de pedazos.

Los dos muchachos se incorporaron, sobresaltados, y sus ojos se quedaron clavados en Bella.

—Yo… no… esto… yo… —balbuceó la joven Swan, roja hasta las orejas—. Iré… a… buscar un paño para limpiar.

Dicho aquéllo, salió de la habitación lo más rápido que sus pies se lo permitieron. Descendió por la escalera a trompicones, bajando de golpe los últimos tres peldaños, con un solo pensamiento en su cabeza:

¡Trágame, Tierra, trágame!

Tomó el trapo y, aprovechando que se encontraba en la cocina, se humedeció el rostro con agua helada unas cuantas veces. Cuando creyó que el rostro ya no le ardía —o, por lo menos, que no brillaba como un farolito de navidad—, subió la escalera cautelosamente. Aterrada, llegó al cuarto de Edward, sin poder encontrar en su mente una forma de mirarlo a la cara sin ponerse de todos los colores. Sin embargo, un suspiro de alivio se escapó de sus labios al darse cuenta que dentro del cuarto ya no había nadie.

Suspiró y comenzó a juntar los pedazos de vidrio dentro del pequeño trapo, cortándose un dedo en el proceso. Murmurando un par de maldiciones y haciendo todo tan rápido como su torpeza se lo permitía, consiguió juntar los retazos del vaso y llevarlos escaleras abajo, con el fin de deshacerse de ellos. Una vez que consiguió tirar los desechos, metió el dedo ensangrentado bajo el grifo, intentando que el agua helada calmara el ardor.

—Bella… —dio un respingo muy exagerado al escuchar aquella voz de terciopelo.

—¿Qué? —preguntó, sin volverse, intentando que la voz no le fallara.

—Yo… bueno… quería disculparme por lo de recién —comentó Edward, con voz nerviosa pero divertida—, y recomendarte que, antes de entrar, llames a la puerta —agregó, con su usual tono socarrón.

Bella se volvió, enfadada, quitando el dedo del agua.

—¿Disculpa? —dijo, con aquél tono lleno de histeria y nervios—, no sabía que la casa era un… ¡hotel! —chilló.

Edward sonrió de lado.

—Cuando quieras, estás invitada a la suite.

Bella hizo un berrinche, al tiempo al que Edward se iba, y pensó cuál podía ser la mejor manera de arrancarle todos los cabellos de su hermosa cabecita.

Suspiró.

Debía controlar sus impulsos asesinos.

La semana pasó sin mayores contratiempos, aunque Bella no podía manejar muy bien sus nervios ante los comentarios de Edward… claro, aquéllo no era ninguna novedad. Llegado el día viernes, el muchacho no había dejado de hacer alusión a la noche que ambos compartirían. Alice, quien se había enterado de sus planes —Bella sospechaba que no había nada que la pequeña no supiera—, se había ofrecido a conseguirle un bonito vestido a la joven Swan. Claro, con el paso de los días, Bella había aprendido que negarle algo a Alice era casi tan difícil como que Edward mantuviese la boca cerrada.

—Tranquila, Bella, no es nada muy revelador. Te quedará bien —le había dicho la más pequeña de los Cullen.

Bella, frente al espejo, se dio cuenta de que las palabras de Alice eran ciertas: el vestido era verde oscuro, sencillo, y con una cinta negra en la cintura, que acababa con un lazo en la espalda. El escote y el largo del mismo eran razonables, y Bella incluso se sintió cómoda dentro de él. Alice dio pequeñas palmaditas detrás de ella.

—Te queda hermoso —apuntó.

—Muchas gracias, Alice —replicó Bella, honestamente—; la verdad es que no tengo muchos vestidos…

—Oh, no te preocupes —respondió ella, restándole importancia con una de sus manos—, es lindo tener alguien que pueda ponerse lo que hago —sonrió.

Bella la imitó, alegrándose de que alguien no le complicara tanto la vida en esa casa… por lo menos, en aquel momento.

Después de ponerse un poco de maquillaje y de arreglarse el cabello, con una bonita hebilla verde que Angela le había regalado, Bella salió de la habitación. Afortunadamente, Alice no había tratado de insistir en que se pusiera los altos tacones que le había ofrecido. Asegurando que su torpeza era ya demasiado grande en deportivas, le permitió ponerse unos zapatos bajos y abiertos.

Al llegar al pie de la escalera, Bella y Edward compartieron una mirada. Realmente, el muchacho estaba guapo: camisa verde pálido, haciendo juego con el color de su piel, pantalón de vestir oscuro, cabello desordenado. ¡Vamos, el joven era todo un modelito adolescente!

La joven Swan resopló, ante sus propios pensamientos.

—Creo que esta noche tendré que ahuyentar a unas cuantas moscas —comentó Edward, mirándola de arriba abajo, sin ningún tipo de discreción.

Bella rodó los ojos, sintiendo algo de calor en sus mejillas.

—¿Podemos irnos ya? —pidió—. Cuanto antes termine esto, más rápido me sentiré feliz.

Tuvieron que esperar algunos minutos a que la madre de una compañera de Alice pasara a buscarla, ya que la pequeña le había dicho a la señora Cullen que pasaría la noche en la casa de una de sus amigas. Una vez que Alice se fue, después de despedirse de Bella y de su hermano y de desearles una buena noche, ambos salieron de la casa y se subieron al Volvo, el cual Edward había recuperado sin problemas, gracias a Emmett y Jasper. Bella, quien prefería no estar encerrada en ningún lugar con Edward, intentó entretenerse con el estéreo.

—Tienes más discos allí —comentó, señalando la pequeña cajuela con su mano—, no creo que te guste lo que está puesto.

Bella tocó un botón para que comenzara, y una suave música inundó el lugar.

—¿Bromeas? —preguntó Bella, incrédula, reconociendo la melodía al instante—, ¿tú escuchas a Claude Debussy?

—La música clásica es de lo más inspiradora, profunda, llena de matices… —respondió simplemente el muchacho, mirando al frente.

Bella lo observó, sorprendida. No esperaba una respuesta de ese tipo de alguien como él.

—Además, ¿nunca te comentaron que es muy buena para el sexo?

De acuerdo, aquélla era una respuesta que sí podría haber esperado de él.

Suspiró, mientras rodaba los ojos, y subió un poco el volumen, dispuesta a no escuchar más sus comentarios idiotas.

Pronto llegaron a la casa de Jessica, que se parecía bastante a la residencia de los Cullen, aunque su aspecto era… ¿como decirlo?, más… ostentoso. Habían colocado luces y globos por todos lados, y la música podía escucharse incluso desde afuera del lugar. Edward consiguió aparcar su automóvil en un terreno ubicado al costado del jardín delantero, donde todos los invitados lo habían dejado. Bella tomó el regalo que había comprado y pronto se reunió con Edward. Éste la tomó por el brazo, haciendo que reposara sobre el suyo, mientras una sonrisita pícara se pintaba en sus labios. Bella lo miró amenazadoramente.

—Compórtate —masculló, amenazándolo con un dedo de la mano que tenía libre.

Edward rió suavemente.

—Tranquila, amor, no hay nada de lo que debas preocuparte —comentó él.

Bella suspiró.

Debía prepararse para una noche realmente larga.

Ambos se abrieron paso entre la gente, tomados del brazo. Bella pudo notar muchos rostros conocidos y aquéllo le produjo algo de miedo. ¿Qué sucedía si alguien se daba cuenta de que todo era una puesta en escena? Miró de reojo a Edward, quien parecía bastante entretenido y calmado con toda la situación. ¡Que envidia!

—¡Bella! —ante el tono familia, la joven Swan se volvió.

Se separó del brazo de Edward para estrechar a Angela en un abrazo.

—Angie, ¿cómo estás? —preguntó animadamente. Después saludo a Ben, que se encontraba al lado de su amiga, con una sonrisa.

—Muy bien —respondió la muchacha animadamente—. ¡Hola, Edward! Te presento a mi novio, Ben Cheney.

—Hola, Angela —saludó Edward, volviéndose luego hacia el muchacho—. Un gusto, Edward Cullen.

Bella lo observó, sorprendida. Hablando con aquel tono educado y mostrando aquella sonrisa amistosa, hasta parecía una persona.

Claro, debía ser un muy buen actor.

—¿Has visto a Jessica? —preguntó Bella.

—No, he tenido bastante suerte —respondió Angela, en un susurro.

Ambas rieron.

—Iré a buscar algo para beber, ¿ustedes quieren? —preguntó Ben.

—Yo quiero ver que hay, te acompaño —respondió rápidamente Angela, sonriéndole a su novio. Se volvió para ver a Edward y Bella—. Enseguida volvemos.

Edward y Bella se mezclaron entre la multitud, con la estruendosa música de fondo. Algunos camareros iban dando vueltas por el lugar, y Edward consiguió tomar unos bocadillos. Le pasó uno a Bella y, en ese momento, la muchacha se dio cuenta del hambre que realmente tenía. Lo comió con ganas y, había que admitirlo, era realmente exquisito. Edward acabó con el suyo y se quedó observándola fijamente. Bella alzó una ceja, sintiéndose levemente cohibida.

—¿Qué? —preguntó agresivamente.

—Tienes algo en los labios —respondió él, conteniendo una pequeña sonrisa ladina.

—¿Eh?, ¿qué cosa? —preguntó y alzó la mano, en un intento de limpiarse.

Edward la atrapó antes de que lo lograra.

—A mí.

Entonces, el muchacho se inclinó y rozó sus labios con los de ella. Bella abrió los ojos, con sorpresa, sintiendo una violenta sacudida en el estómago. La mano de Edward abandonó su muñeca para tomarla por la cintura, estrechándola contra él, mientras sus labios se amoldaban a los de Bella. Su mano viajó por la espalda de la muchacha, subiendo y bajando… quizás bajando demasiado.

Bella lo separó bruscamente de él, aún sintiendo la calidez de sus labios contra los de ella. Entonces, su mano se dirigió a los cabellos del muchacho y, con una mueca psicópata, tiró de todo lo que su mano tenía al alcance. Edward soltó un gruñido, mientras aullaba de dolor, y Bella agradeció que la pista de baile estuviera lo suficientemente oscura como que nadie se percatara de la «escenita».

—¡No vuelvas a tocarme!, ¿escuchaste? —siseó Bella entre dientes, de forma amenazadora, arrugando la camisa del muchacho con la mano libre, la cual tenía cerrada en un puño. Agradeció que la música estaba lo suficientemente alta como para que la conversación se tornara un asunto privado. Además, temía que sino Edward pudiera oír los incontrolables latidos de su corazón.

—Pronto no te importará en lo absoluto que lo haga. Es más, lo disfrutarás —respondió él, con una sonrisita arrogante, y sintió como Bella tiraba aún más de su cabello.

—¿Quieres apostar? —comentó la muchacha irónicamente. Ella nunca podría rogarle nada a alguien como él.

—Me parece una idea excelente —respondió Edward, intentando ocultar una mueca de dolor, sin captar el sarcasmo.

Bella lo soltó bruscamente.

—¿Estás de broma? —preguntó la joven Swan, incrédula.

—¿Qué?, ¿tienes miedo de no poder hacerlo? —retrucó él, con aquella molesta sonrisa de lado.

—¿Qué quieres apostar? —retó Bella, con determinación.

La sonrisa de Edward se fue ensanchando progresivamente.

—Tan simple como esto: si tú ganas, puedes pedirme lo que quieras —expuso Edward—; si yo gano, deberás hacer lo que te pida.

Bella lo miró, desafiante.

—De acuerdo.

Edward sonrió acercándose un poco a ella.

—Voy por un par de tragos, amor. Vuelvo enseguida.

Y, con aquella frase, se alejó de Bella y se perdió entre la multitud.

Entonces, la muchacha comenzó a procesar toda la información sobre lo que había sucedido en los últimos minutos. Abrió los ojos y soltó un inaudible gemido: ¿Qué demonios le había hecho hacer aquel patán?

¡Demonios!

Era definitivo… ¡Iba a matar a Edward Cullen!



Bueno, como verán, Edward realmente es un sinónimo de problemas para Bella. Ahora está oficialmente perdida, metida en la apuesta. Veremos que sucede con ese asunto.

¡Saludos para todos! Se cuidan.

1 comentario:

Ada Cullen dijo...

Mi pobre corazon va a colapsar.... Diooos miooo... yo quiero uno asi con sinonimo d eproblemas porque que quede claro a Bella tambn le gusta el jueguito solo que la verdad se esconde ... aaaaa me enecataaaaa espero ansiosa el siguiente besos

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