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viernes, 9 de julio de 2010

No es tan facil ser niñera cap 9



"No es tan fácil ser niñera"

By LadyCornamenta

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Capítulo IX: ¡Se fuerte, idiota, se fuerte!

"Pez que lucha contra la corriente, muere electrocutado"

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—¡No-puede-ser!

—Angela, es como te digo —explicó Bella, suspirando sonoramente—. Me pidió una cita.

La sonrisa incrédula de la joven Weber se amplió lentamente.

—Pero, ¡es Edward Cullen, mujer! —exclamó la muchacha—. Él no pide citas, las chicas se las piden a él.

Bella rodó los ojos.

—Me da igual, ya no lo soporto más —aseguró, dejando escapar otro largo suspiro.

—¿Edward Cullen o las arañas? —preguntó pícaramente Angela.

A Bella la recorrió un horrible escalofrío.

—Creo que todavía prefiero a Edward Cullen y sus apuestas —respondió la joven Swan, haciendo una mueca—. Da igual, el asunto es que, en verdad, ¡está cita es una locura!

Realmente, aquel asunto de la salida con Edward no le hacía ninguna gracia. Aún se acordaba que él era menor que ella, que tenía unas cuantas novias expancidas por todo Connecticut y que, por sobre todas las cosas, había jugado vilmente con ella. Sólo había aceptado el bendito encuentro por el hecho de que había perdido esa estúpida apuesta… cosa de la que aún se avergonzaba, por supuesto. Prefería saldar sus «deudas» y que el tema se sepultara en lo más profundo de su memoria.

Estaba segura que no quería deberle nada a Edward Cullen.

El sábado llegó más rápido de lo que ella hubiese deseado. Edward, por supuesto, no le había permitido olvidarse en toda la semana que ese mismo día era su cita. Los acosos se habían vuelto menos insistentes… por lo menos en los aspectos físicos; ya que el joven Cullen, siempre que se le presentaba la oportunidad, hacía alguna insinuación sobre ellos, apuestas y una cita a futuro.

La mañana del sábado, la joven Swan se levantó temprano y limpió un poco su casa, que parecía estar sufriendo, junto con su pobre cordura, las consecuencias de su nuevo e insalubre trabajo. Terminó de arreglar su cuarto y se entretuvo con una película mientras limpiaba el living; tuvo que dejar la cocina sin asear, ya que era hora de salir hacia «la boca de lobo»… también conocida como «casa de los Cullen». Afortunadamente, ya tenía su camioneta otra vez con ella: era un viejo monovolumen, que solía ocasionarle problemas con frecuencia; sin embargo, no estaba en condiciones de comprarse un automóvil nuevo. Además, aquella vieja chatarra tenía su encanto… o algo parecido.

Después del usual viaje, Bella aparcó la vieja camioneta en la entrada de los Cullen, disfrutando del sonido del motor antes de frenar. Billy había hecho un excelente trabajo con aquella vieja pieza. Mientras quitaba la llave del contacto, vio salir a tres personas de la casa de los Cullen y tres rostros sorprendidos se quedaron observándola. La muchacha bajó de la camioneta, con paso lento, y vio que los jóvenes aún no salían de su trance.

—¿Esa chatarra es tuya? —preguntó Edward, todavía con los ojos abiertos, señalando la camioneta de Bella. Si no hubiese sido porque se estaba burlando de su monovolumen, a Bella le hubiese resultado chistosa la expresión de su rostro.

—Sí —respondió la joven Swan, de forma cortante—. No sé si lo sabías, pero no todos tenemos la posibilidad de tener un flamante Volvo plateado.

Edward sonrió, no sin cierta arrogancia.

—Yo pensé que era un terremoto —bromeó Emmett, acercándose a la camioneta—. ¿No crees que deberías hacer que revisen ese motor? —preguntó seriamente.

Bella negó con la cabeza.

—Oh, no, está funcionando muy bien, de hecho —apuntó, encogiéndose de hombros—. Deberías haberlo escuchado antes de que lo mandara a reparar…

—Seguramente debías llegar a tu casa antes de las diez… —comentó Edward, realmente serio. Todos lo observaron, confundidos—. Para no despertar a los vecinos, digo.

Bella lo fulminó con la mirada, mientras Jasper y Emmett reían disimuladamente.

—Yo que tú no bromearía tanto —advirtió Bella, apuntándolo amenazadoramente con un dedo—. Te recuerdo que mi camioneta puede reducir tu preciado Volvo a chatarra.

Edward sonrió de lado.

—Oh, no, yo nunca subestimo a los ancianos —aseguró.

Bella resopló e ingresó a la casa. Realmente no quería darle un disgusto a Esme, diciéndole que había matado a su hijo de forma lenta y dolorosa.

La pequeña Alice se encontraba sentada en el sofá, con un reluciente y moderno conjunto de ropa. Estaba leyendo una revista y, cuando vio a Bella, se levantó y corrió hacia ella, para luego darle un gran abrazo.

—¡Bella, que bueno que llegas! —exclamó, demasiado animada para el gusto de la joven Swan—. Edward me contó que hoy saldréis y…

—¿Edward te contó que…? —Bella atónita, repitió la frase, con voz queda. Luego suspiró con resignación—. De acuerdo.

—Ven, ¡tengo que mostrarte algo! —exclamó la pequeña, sumamente animada.

Mientras Bella subía las escaleras a toda velocidad, siendo arrastrada por Alice, se preguntó dónde ocultaría el botón de «apagado».

La pequeña obligó a su nana a ingresar en aquella enrome habitación, que tenía grandes parecidos con una boutique. Después de hacerla sentarse sobre la amplia cama, Alice comenzó a buscar algo dentro de su descomunal armario. Cuando ya había pasado unos cuantos minutos escudriñando, la pequeña apareció con una prenda entre sus manos: un fino vestido de color azul, ni demasiado corto ni lo suficientemente largo, con unos tirantes brillantes adornando la parte superior.

—Este es para ti —ofreció la pequeña, con una cegadora sonrisa.

—¿Un vestido? —preguntó Bella, confundida—. Alice, ¿crees que es necesaria tanta formalidad? Quiero decir, estaba pensando en unos tejanos y una camisa…

—¡No!, debes ponerte esto —replicó rápidamente la joven Cullen—. No creo que quedes bien con unos tejanos…

—Pero, Alice, ¿a dónde vamos a ir? —preguntó la muchacha, aterrada.

Ella esperaba algo sencillo, rápido, en algún lugar del que pudiera huir fácilmente. Sin embargo, parecía que sus deseos no habían sido escuchados por nadie. ¿A dónde demonios quería ir Edward, para que ella tuviera que ponerse aquel vestido y…? ¡Momento!

—Alice, ¿qué piensas hacer con esos zapatos de tacón? —preguntó Bella, con cautela.

—Son para ti.

Bella retrocedió unos cuantos pasos, poniendo sus manos delante de su pecho, en señal de defensa.

—No, no, no. Yo no puedo ponerme eso.

—Oh, sí, sí puedes.

Después de toda una tarde de discusión, Bella entendió nuevamente que era imposible ganarle a Alice. La pequeña, con hábiles maniobras de convencimiento y algún que otro chantaje, era capaz de hacer que cualquiera prometiera cualquier cosa… o, quizás, Bella se había cansado de luchar contra ella. Con resignación —aunque mostrando mala cara, tan sólo para conservar un poco de dignidad—, se puso el vestido y los malditos zapatos, que comenzaron a traerle problemas tan sólo después de cinco minutos de uso. Levantándose de una caída digna de mención, Bella miró a Alice con irritación. La pequeña, observándola desde arriba, sonrió inocentemente.

—Esto es a lo que me refería con «los zapatos de tacón y yo no tenemos química» —explicó Bella, refunfuñando.

Alice sonrió.

—Estarás bien —aseguró—. Edward tiene buenos reflejos.

Después de regalarle otra mirada asesina a Alice, Bella salió de la habitación. Se dirigió al piso inferior, donde sólo se escuchaban los sonidos de la televisión. Evidentemente, Jasper y Emmett ya habían dejado la casa, porque, cuando llegó a la sala, sólo Edward ocupaba el amplio sofá. El muchacho, al escuchar ruido, alzó la vista y sus ojos recorrieron a Bella con asombro. La joven Swan, mientras Edward se ponía de pie, sintió como sus mejillas tomaban un tono rosado.

—Estás… wow… yo… —balbuceó el joven, claramente sorprendido. Entonces, sacudió la cabeza, como si saliera de algún tipo de trance, y sonrió de lado. Se acercó un poco a Bella, hasta alcanzar su oído—. Creo que hoy llegarás tarde a casa… si es que llegas.

La joven Swan se separó, tan sólo para mirarlo amenazadoramente. El timbre los interrumpió, dejando a Bella con su advertencia en la punta de la lengua.

Rápidamente, la muchacha se calzó su largo abrigo gris. Hacía un poco de calor para ello, pero podía decir que estaba con gripe o algo parecido. La realidad era que no quería que Esme la viera tan… arreglada. Igualmente, cuando la señora Cullen entró, aquel detalle no pasó desapercibido para ella.

—Bella, luces muy bonita —apuntó, con una sonrisa.

—Oh, gracias —respondió la joven, con un suave rubor—. Voy a salir con unas amigas.

Esme sonrió.

—Mamá, yo voy a salir con Jazz y Emm —avisó rápidamente Edward—. Llevaré a Bella a su casa y después me voy.

Esme asintió, mientras dejaba sus cosas en el recibidor.

—De acuerdo, hijo —dijo—. Cuídate, y llámame cuando llegues.

—Está bien, mamá —aceptó, asintiendo—. Hasta luego.

Los dos muchachos salieron de la casa. Instantáneamente, Bella se volvió hacia el joven.

—Oye, ¿y mi auto? —preguntó, con el ceño fruncido.

—Jazz lo ha llevado hasta tu casa —comentó, guiñándole un ojo—. Has dejado las llaves colgadas en el recibidor y como a él le quedaba de paso… le dejará las llaves a la encargada de tu edificio.

Bella suspiró. Evidentemente Edward había arreglado todos los detalles para que no tuviera escapatoria. Genial.

El joven Cullen abrió la puerta del lado del copiloto, de forma caballerosa, invitando a Bella a ingresar. Ella tan sólo le dirigió una sonrisa irónica, para luego acomodarse en el asiento y hundirse en él. Estaba intentando sacar fuerzas de donde no las tenía para soportar aquella noche…

Edward condujo con aquella inusual velocidad a la que Bella estaba acostumbrándose, dando una innumerable cantidad de vueltas. Cuando tomaron una calle algo oscura y poco concurrida, la joven Swan aceptó para sus adentros que no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraban. Miró por el rabillo del ojo a Edward, quien parecía muy seguro de lo que estaba haciendo. Antes de que pudiera preguntar nada, el muchacho aparcó frente a un edificio algo antiguo pero pintoresco. Una gran farola iluminaba el sitio donde Edward había dejado su automóvil. Bella observó a su acompañante con una ceja alzada, cuando este estaba introduciendo la llave dentro de la cerradura.

—Edward, ¿a dónde demonios me has traído? —preguntó, con tono desconfiado.

—Bella, espera y verás —pidió Edward, con una amplia sonrisa, mientras le permitía el paso al recibidor.

Aún escéptica, la muchacha entró y se dirigió hacia donde se encontraba un pequeño, pero muy lujoso, ascensor. Edward subió y tiró de su mano para que ella entrara con él. Sonriendo ampliamente, el joven Cullen marcó el botón que llevaba al último piso: el quince. Después de un corto viaje, los dos llegaron. Edward se dirigió elegantemente a la única puerta del corredor y abrió. Bella, mientras el muchacho entraba, se detuvo y su cara de pocos amigos hizo que Edward suspirara.

—¿Qué? —preguntó, con cansancio.

—¿Me has traído a un apartamento? —preguntó Bella, con una mueca de incredulidad y disgusto en su cara.

—Bella, no saques conclusiones —pidió, rodando los ojos—. Primeo, es un viejo penthouse que tiene mi padre para rentar, no es mío. Segundo, sé que la idea de tú y yo solos aquí te encanta, pero la verdad es que todo esto lo organizó Alice —explicó rápidamente—, y es lo suficientemente inocente como para no tener las mismas ideas que yo…

Esta vez fue el turno de Bella de rodas los ojos, mientras se adentraba en una hermosa y bien decorada sala. Edward se adelantó, mientras la joven Swan aún estudiaba el lugar, y encendió un equipo de música, que reposaba sobre uno de los inmaculados estantes blancos. Entonces, una suave melodía llenó el lugar, acariciando los oídos de la muchacha con cada una de sus notas.

—Beau Soir… —susurró Bella, mirando sorprendida a Edward.

El muchacho se encogió de hombros, con una sonrisa de lado.

—Alice me dijo que te gustaba —explicó simplemente, algo incómodo. Hizo una pausa—. Ven.

Bella suspiró y siguió al muchacho, después de quitarse su abrigo. El joven Cullen la guió por la sala, hasta que ambos alcanzaron un enorme ventanal. Edward lo corrió lentamente y ambos salieron a un inmenso balcón de brillantes baldosas grises. Con un encendedor, el muchacho se encargó de prender unas cuantas velas. La comida, que al parecer era fría, ya se encontraba servida. Bella se sentó, después de que Edward corriera su silla.

—Alice creyó que sería bueno que comiéramos al aire libre, aprovechando la hermosa noche —comentó el joven, apoyándose en el respaldo de la silla de Bella.

—La próxima vez saldré con Alice —se burló ella.

Edward rió suavemente.

—Oh, yo que tú no lo haría —comentó suavemente, alcanzando el oído inclinándose hacia adelante—. ¿Crees que Alice podría hacer esto? —preguntó y, a continuación, se inclinó hacia su cuello.

Bella, como si la boca del joven se tratara de la de un vampiro, puso una mano sobre su rostro, con el fin de alejarlo. No quería que Edward la tocara: siempre que él estuviera lo suficientemente lejos, podría tener el control de la situación. El muchacho se vio obligado a retroceder ante la presión ejercida por la mano de Bella y la joven se sintió orgullosa de su acción.

—Lejos, Edward —pidió, mientras retiraba la mano de su rostro—, bien lejos.

Antes de que el joven se dirigiera a su lugar, pudo ver la sonrisa ladina en sus labios.

Esa noche debía estar más atenta que nunca.

La cena transcurrió con las palabras justas y Edward no intentó ninguna jugarreta. Simplemente, el muchacho le preguntó a su acompañante sobre la universidad, sobre lo que estaba estudiando y algunas otras nimiedades. Ella le preguntó lo mismo, sólo que este hablaba de sus planes a futuro, ya que aún se encontraba en su último año de la preparatoria. Bella se sorprendió mucho con la respuesta que recibió.

—Quiero ingresar al conservatorio de música —explicó Edward—. Quiero ser concertista.

Bella abrió los ojos como platos.

—¿Tú…?, quiero decir… —preguntó, incrédula—. Es decir, ¿concertista?

—Sí, sé que suena extraño y anticuado —comentó, rodando los ojos—. Pero es lo que deseo hacer.

—Pero… ¿cómo? —inquirió la joven, sin poder decir nada más. Era demasiado difícil de creer que alguien como Edward quería ser concertista.

—Sí, la música es… algo muy importante para mí —explicó seriamente el joven, intentando restarle importancia al tema—. Me gusta y quiero dedicarme a ello, simple —apuntó, recuperando su usual sonrisa arrogante.

Bella asintió, aún un poco aturdida.

—Voy a traer el postre —comentó Edward, poniéndose de pie, sin dejarla decir nada más—. Aunque creo que yo ya sé lo que quiero… —agregó, pasando las yemas de sus dedos por el hombro descubierto de Bella.

La muchacha se estremeció por el frío contacto y él, después de regalarle una sonrisa torcida, ingresó en el apartamento. Bella suspiró y trató de controlarse, golpeando su cabeza contra la mesa repetidas veces. ¡No podía dejarse vencer, no podía!, ¡no, no, no!

—¿Me extrañaste? —preguntó Edward, dejándole una copa frente a ella, con lo que parecía alguna crema de chocolate.

Bella rodó los ojos, pensando que, si seguía haciendo aquello con tanta frecuencia, acabaría por quedarse bizca.

Ambos jóvenes comieron el postre en silencio y, pasadas las doce de la noche, decidieron ingresar al apartamento, donde todavía se reproducía la música clásica. La muchacha identificó una de sus melodías favoritas sonando por el aire y Edward le sonrió de lado. Ella cerró los ojos y simplemente se dedicó a escuchar la música… sobre todo porque no quería cometer un homicidio allí mismo. ¿Nunca nadie le había dicho a Edward Cullen que su sonrisita torcida era muy exasperante? Entonces, antes de que pudiera siquiera pensar en una respuesta para aquel interrogante, sintió una cálida mano contra la suya y un suave contacto sobre su cintura. Abrió los ojos bruscamente y allí estaba otra vez esa endemoniada sonrisa torcida.

—¿Qué estás haciendo, Edward? —preguntó, pronunciando cada palabra lentamente. Sus ojos entrecerrados observaban fija y calculadoramente al muchacho.

—Bailar contigo —respondió él, encogiéndose de hombros.

—Ya te lo he dicho antes, yo no bailo —apuntó Bella cansinamente.

—Y yo ya te he dicho que, si te dejas llevar, puedes bailar —replicó Edward, haciéndola girar al compás de Claro de Luna—. Creo que podríamos nombrar a esta nuestra canción —comentó socarronamente.

Bella rió, de forma irónica, mientras intentaba no tropezar con sus propios pies. Evidentemente Edward tenía razón con aquello de que, si alguien la llevaba bien, ella podía bailar… Claro, nunca iba a admitirlo. Después de unas cuantas vueltas, sintió una calidez extraña sobre su mejilla y se dio cuenta de que la cabeza de su acompañante estaba más cerca de lo que hubiese deseado. Intentó moverse, incómoda, pero aquello sólo provocó que Edward riera melodiosamente contra su oído. Bella tragó pesado, mientras sentía el aliento del muchacho sobre su cuello. Realmente, ¿necesitaba hacer siempre lo mismo?

—No me parece de buena educación que quieras separarte de mí en medio de una pieza —comentó el muchacho, con voz ronca, casi sensual.

¿Sensual?

¡Oh, no!, ¡oh, no!, ¡ella no había pensado eso! ¡No, no!

—Creo que ya hemos bailado lo suficiente —respondió la muchacha, intentando excusarse por todos los medios.

—Oh, creo que tienes razón… —apuntó Edward.

Sin embargo, el joven, lejos de alejarse, se inclinó hacia delante. Bella, sorprendida, se echó hacia atrás, provocando que sus pies chocaran y se enredaran entre sí. Afortunadamente, el brazo de Edward la sostuvo con firmeza por la cintura, quedando ambos inclinados: ella hacia atrás, él hacia delante. Edward, después de hacer uso de su sonrisa registrada, se acercó un poco más a la joven y posó sus labios sobre el níveo cuello expuesto. Fue subiendo lentamente, hasta que llegó a la tensa mandíbula de Bella. Sin quitar su sonrisa, alzó sólo un poco la cabeza, con el fin de poder mirarla a los ojos.

—¿Sabes qué?, estoy bastante cansado de besar sólo tu cuello —expuso, con completa naturalidad.

Entonces, se inclinó hacia delante y sus labios chocaron contra los de Bella. Su mano libre atrapó su cabello suelto, mientras la joven hacía lo posible por mantenerse en pie, aferrándose a la camisa de su acompañante. Bella sabía que aquello estaba mal y, aunque debía admitir que los labios de Edward sabían exquisitamente bien, se separó de él. El muchacho resopló con fuerza y se alejó de ella.

—Claro, debí imaginarlo… —masculló el joven Cullen.

—Edward…

—Sí, ya sé, ya sé, esto no es para ti —comentó, con una sonrisa burlona y sus ojos centelleantes—. Creo que ni siquiera sabes dar un beso como la gente.

Bella alzó una ceja, olvidando toda su indecisión. Repentinamente, se sentía fuerte, segura… y llena de ira.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó lentamente.

—Eso, que ni siquiera sabes dar un beso —apuntó—. Me tienes miedo.

—¡Oh, Edward, no voy a caer en tus jueguitos de niño! —exclamó ella, llevándose las manos a la cintura.

—Miedosa —susurró Edward, con aquella sonrisa.

Bella entrecerró los ojos y dejó caer sus brazos al costado de su cuerpo, con las manos hechas puños.

—Yo no soy miedosa —dijo con furia.

—Oh, sí, lo eres —aseguró Edward.

Entonces, la joven Swan, llena de creciente e incontrolable ira, recorrió a grandes zancadas el espacio de que separaba de Edward. Olvidándose de cuidados o formalidades, tomó su pálida cara entre sus manos y le estampó un fiero beso. El muchacho, por instinto, la atrapó con sus brazos, mientras la boca de Bella se movía con fuerza sobre la suya. Sorprendentemente, fue ella quien profundizó el contacto y sintió que aquel beso se estaba volviendo más y más intenso. Se dio cuenta cómo caía, pero no separó su boca de la de Edward, sino que se concentró en que la fuerza del contacto no disminuyera, apoyada sobre su acompañante. Entonces, cuando necesitó aire, se separó de la boca del muchacho. El joven lucía atónito, con los labios hinchados y los ojos verdes más oscuros de lo normal, los cuales la observaban con sorpresa. Al ver su broncíneo cabello despeinado, Bella se preguntó si había sido ella quien lo había dejado así. Con toda su fuerza de voluntad y aquel terror que estaba comenzando a invadirla, la joven Swan se levantó del sofá a donde habían caído y miró a Edward con altanería… o con un intento de ella.

—Espero que eso haya aclarado tus dudas —comentó, para luego tomar su abrigo.

Entonces, dándole la espalda al muchacho, salió del apartamento y cerró la puerta fuertemente. Cuando entró en el ascensor y las luces iluminaron su rostro, reflejado en el espejo, la imagen la dejó sin aliento: su cabello muy despeinado, sus labios rojos e hinchados, sus ojos oscuros. Entonces, cayó en la cuenta de lo que había hecho.

Cayó en la cuenta de que realmente había besado a Edward Cullen. Ella-a-él.

¡Demonios! Quería golpearse la cabeza contra cualquier cosa hasta quedar inconciente. ¡Ella no era así!, ¡ella no besaba a la gente porque sí!, ¡ni siquiera le gustaba apostar o probar teorías que no le importaba que otros comprobaran! ¿Cuál era el punto de asegurarle a Edward Cullen que ella sabía besar?

Dejó escapar una especie de lastimero gemido. ¿Podían las cosas ponerse peores?

Cuando salió del ascensor, vio que la puerta de calle estaba cerrada y que no tenía forma de salir del edificio.

Su salida triunfal iba a quedar reducida a escombros.

Genial, simplemente ge-nial.

2 comentarios:

Ada Cullen dijo...

MIerda que capitulo tan interesante me moriii
aah!! por fin lo besoooooo
DIo amo aeste edward trvieso y sexyyy me encanttaa este fic miles de besos

Janette dijo...

MUchas gracais por compartir esto :) me entretiene en este dia gris, yo aburrida (muuuuy aburrida) en mi apartamento en Buenos Aires.... mi hermana se fue de viaje asi que se siente un vacío aca... gracias por entretenerme :)
saludos!

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