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miércoles, 7 de julio de 2010

No es tan facil ser niñera cap 8


"No es tan fácil ser niñera"


By LadyCornamenta






Capítulo VIII: Perspicaz cobrador.

"Deuda: un ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del traficante de esclavos"

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Esa mañana Edward se levantó más temprano de lo normal. Generalmente, era todo un suplicio sacarlo de la cama, pero ese día se encontraba aseado y cambiado incluso más temprano que su pequeña hermana. La realidad era que no había podido dormir muy bien, pero aquello no le había generado una molestia. Se encontraba bien, simplemente bien.

Después de terminar de arreglarse, el muchacho bajó rápidamente las escaleras, con una sonrisa asomando por sus labios; cuando sus padres lo vieron en la cocina, ambos lo observaron sorprendido.

—¿Te has caído del cama? —preguntó su padre, mientras acomodaba el periódico entre sus manos.

—No, papá, la cama es lo suficientemente grande como para que esas cosas no sucedan —respondió él jocosamente, al tiempo en que se sentaba a la mesa.

Esme llegó con algunas tostadas, panecillos y galletas y se sentó con su familia. Minutos después bajó Alice, que estaba acomodándose el cabello nerviosamente. Ese día sería el acto de su curso y la pequeña parecía estar bastante nerviosa con el hecho. A pesar de ser una muchacha muy segura de si misma y totalmente extrovertida, no todos los días leía enfrente de toda la escuela. Además, Edward la conocía lo suficiente como para saber que su pequeña hermana era toda una perfeccionista.

—Tranquila, hija, estás muy bonita —dijo su madre, haciéndola sentarse—. Ahora come algo y relájate.

Después de terminar con el desayuno, Edward y su hermana se dirigieron al Volvo. Alice iba practicando lo que debía leer esa misma mañana, mientras el joven Cullen conducía, presuroso, por las calles que llevaban al centro de la ciudad. En menos tiempo del que a cualquier conductor normal podría tomarle, ambos se hallaban en el instituto. Edward se encontraba en el doceavo año y Alice en el séptimo, por lo que, apenas entraron, debieron separarse para dirigirse a sus clases correspondientes.

Edward llegó hasta su salón y no le fue muy difícil encontrar a sus amigos: a pesar de que Jasper era una persona reservada y tranquila que sabía como pasar desapercibida, Emmett se tomaba el trabajo de llamar la atención por los dos con su atronadora risa y su intimidante presencia. Claro, aquello de intimidante era sólo para quienes no lo conocían, ya que él sabía bien que Emmett era una persona de lo más amistosa, divertida y, en ciertas ocasiones, demasiado bromista.

—¡Hey, Ed!, ¡aquí, hermano! —gritó.

«Como si no lo hubiese visto».

Edward sonrió y se acercó a sus amigos.

—¿Qué haces tan temprano por aquí? —preguntó Jasper, notablemente en plan de broma—. Usualmente no nos honras con tu presencia hasta que el profesor está a un paso de entrar.

Edward rió.

—Alice estaba nerviosa con su presentación y quería llegar temprano —comentó, encogiéndose de hombros.

—¿Hoy es el día de su presentación? —preguntó Jasper, levemente sorprendido—. Debe estar enloqueciendo, ¿verdad?

—Como no te imaginas —respondió Edward, rodando los ojos—. Pensé que se arrancaría el cabello de tanto peinarse.

—Estás haciendo mal tu papel de hermano, Ed —comentó Emmett, negando con la cabeza—; Jasper parece tener más habilidad para tranquilizarla que tú.

—¡Hey!, yo soy su hermano; se supone que mi deber es molestarla, no tranquilizarla —se defendió Edward, con una sonrisita.

—Voy a cumplir con mi trabajo —comentó Jasper, levantándose de su puesto—. Creo que todavía tengo unos diez o quince minutos antes de que llegue el señor Brown.

—Oh, sí, el vejete se toma su tiempo —apuntó Edward, mientras Emmett reía.

Las clases pasaron rápidamente para el joven Cullen. Tenía buenas notas, pero usualmente no solía prestar demasiada atención a los maestros y las lecciones; con una buena sonrisa, algunas maniobras de persuasión y su capacidad, tenía a todos los profesores convencidos de que él era un buen chico. Bueno, a casi todos…

—Diez hojas escritas a mano de análisis de los versos de Shakespeare, señor Cullen —pidió firmemente el profesor de literatura—. Así, la próxima vez aprenderá a prestar atención a mis clases.

Edward suspiró y, con disimulo, rodó los ojos.

Todos salieron de clases en el instante en el que el timbre resonó por los corredores del instituto. Era la hora del almuerzo y, luego, la pequeña Alice haría la presentación. Jasper, Edward y Emmett compraron su comida y se sentaron en la mesa que siempre ocupaban, en el centro de la amplia cafetería. Comenzaron a comer en silencio, hasta que Emmett le dirigió a Edward una sonrisita divertida.

—Hey, y ¿cómo van las cosas con la «nana mata-hormonas»? —preguntó, blandiendo un pequeño tenedor—, ¿sigue sumando puntos a su marcador?

Edward sonrió de lado.

—He de decirte que no, Em —apuntó arrogantemente—. De hecho, ha perdido una apuesta.

—¿Una apuesta? —preguntó Jasper, alzando una ceja.

—Sí… digamos que ahora me debe un… favor —explicó Edward, sin borrar su sonrisita.

—No vas a pedirle favores sexuales, ¿cierto? —preguntó Emmett, con morbosa curiosidad.

—¡Emmett! —se quejó Jasper, dándole un coscorrón.

—¿Qué?, es algo muy típico de Ed —apuntó el joven McCarthy, encogiéndose de hombros.

Edward simplemente rió con ganas.

—Aún no lo sé… —aseguró, con una pícara sonrisa.

Lo sabía tan claro como sus amigos en ese momento: tenía a Bella en sus manos.

—¡Eddie! —una joven se acercó a la mesa donde se encontraban reunidos los muchachos.

—Lauren, ¿cómo estás? —preguntó, mientras la joven se inclinaba para besarlo.

Aquello no se le antojaba en lo absoluto, pero simplemente la dejó. Lauren podía ser una chica pesada, pero realmente le daba lo que buscaba: una relación poco seria, sin dar ni recibir más que lo que ambos sabían que podían. Él le había dejado en claro las condiciones de su «noviazgo», y la joven Mallory lo había aceptado. Claro, ella no sabía sobre las otras y, si tenía algún conocimiento sobre ello, lo disimulaba muy bien…

—Bien —respondió simplemente—. ¿Harás algo esta tarde o crees que puedo pasar un rato en tu casa? —preguntó, de forma coqueta.

—No creo que sea posible —comentó el joven Cullen, ante la divertida mirada de Emmett—. La verdad es que tengo unas cuantas cosas que hacer…

Aquello no era del todo mentira: desde que había ganado la apuesta, no podía dejar de pensar lo que iba a pedirle a Bella; su deuda, sin dudas, debía beneficiarlo provechosamente, ya que no tenía la posibilidad de saber si aquella oportunidad volvería a presentársele. Debía pensar bien que quería; aprovecharía el momento de debilidad de Bella al máximo.

Inevitablemente, se encontró sonriendo de forma perversa.

—¿Qué tienes en mente, Eddie? —preguntó pícaramente Lauren.

—Nada, Lauren, nada —respondió el muchacho, sin borrar la sonrisa. La besó rápidamente—. Nos vemos mañana.

Después de terminar con la comida, los tres jóvenes siguieron a la multitud, que se dirigía hacia el salón de conferencias. Emmett, en medio del trayecto, miró a su mejor amigo con una expresión maligna.

—¿Te has dado cuenta que desde la llegada de la mata-pasiones has estado bastante distante con todas tus chicas? —comentó casualmente, sonriendo de forma condescendiente.

—Estoy muy ocupado planeando mis movidas, Bella no es un objetivo fácil —respondió Edward simplemente, guiñándole un ojo, incluso cuando la pregunta lo había pillado desprevenido—. Ya tendré tiempo para las demás.

En silencio, los tres muchachos siguieron el camino hacia el auditorio del instituto. Con algo de dificultad, debido a la cantidad de gente que se desplazaba de un lado al otro, pudieron conseguir algunas butacas del sector izquierdo, bastante cerca del escenario. Cuando por fin consiguieron acomodarse todos, Edward, que se encontraba aburrido mirando a las jóvenes pasar, se dio cuenta de que sólo estaba Emmett a su lado.

—¿Y Jazz? —le preguntó a su amigo.

Emmett se encogió de hombros.

—Dijo que ya volvía —comentó. Edward frunció el ceño—. Debe haber ido al baño, hermano.

Después de un rato de espera, Alice leyó su pequeño discurso de manera clara y formal. Cuando acabó, una fuerte ola de aplausos llenó el gran salón. Alice mostró una enorme sonrisa al público, para después dejarle el puesto a uno de los muchachos de su clase. El acto no se extendió demasiado —Edward se encontraba realmente agradecido por ello; los proyectos escolares no le interesaban en lo más mínimo— y pronto el joven Cullen y su amigo pudieron levantarse de sus lugares y seguir a la multitud. En las puertas del salón de actos, se encontraron con Esme y Carlisle, que estaban acompañados por Jasper y Alice.

—¡Estuviste muy bien, enana! —comentó Emmett, sacudiéndole los cabellos con una de sus grandes manos.

Alice lo miró mal por haber arruinado su peinado, aunque una pequeña sonrisa se ocultaba en sus labios.

—Bueno, ahora nos vamos a comer —anunció Esme felizmente—. He hecho una reserva en tu restaurante favorito —comentó a Alice, quien sonrió radiantemente.

—¿No vamos a casa? —preguntó Edward, frunciendo el ceño.

—No, le hemos dado a Bella el día libre —explicó Carlise—, ya que yo pude tomármelo en el hospital.

Edward sintió que toda aquélla ansiedad que había estado conteniendo durante el día se convertía en frustración. Ninguno de sus maquiavélicos planes podría ponerse en funcionamiento, porque ese día no vería a Bella. Suspiró de mala gana, siguiendo a su familia y amigos.

Utilizando el auto de Carlisle y el de Edward, la familia Cullen y sus dos invitados llegaron a un reconocido restaurante ubicado en el centro de la ciudad, con una decoración de los años ochena. Después de que los condujeran a la mesa reservada, todos se sentaron y se dedicaron a pensar en lo que iban a ordenar.

El almuerzo fue rápido para todos menos para Edward, que se encontraba aún pensando en todas las posibilidades que se habían esfumado. Pensaba hacer de la tarde de Bella una tarde imposible, pero aquel «día libre» había arruinado toda su diversión. Entonces, una idea excelente cruzó su mente y su emoción se materializó hacia el exterior con una pícara sonrisa.

—¿Qué sucede, Edward?, ¿por qué tienes esa cara? —preguntó Alice, mientras tomaba una cucharada de su postre favorito.

—Nada, nada, debo irme —comentó, poniéndose de pie—. Perdón, tengo algunas cosas que hacer —explicó rápidamente.

Su madre, que no solía meterse en sus asuntos siempre que supiera de él, asintió.

—No vuelvas muy tarde… y llámame —pidió Esme, con un suspiro.

Edward asintió y, después de hacer un gesto de despedida con su mano, salió del restaurante. Se subió a su auto, aparcado cerca de la puerta, y comenzó su marcha, intentando recordar las calles que había tomado la última vez que había hecho ese recorrido. Después de unas cuantas vueltas, llegó al pequeño edificio que recordaba. Había una mujer barriendo la entrada, con aspecto desganado. Cuando llegó frente a ella, la señora —que debía tener más de sesenta años— lo estudió en silencio.

—Disculpe, ¿podría decirme cuál es el piso de Isabella Swan? —preguntó cortésmente.

—¿Quién eres tú? —preguntó la mujer. No había agresividad en su voz, pero sus ojos seguían estudiándolo cuidadosamente.

—Soy su novio —apuntó el muchacho rápidamente. Los rasgos de la mujer se suavizaron y una pequeña sonrisa se formó en sus labios—. Ella me ha dado su dirección y todo, pero soy algo desorganizado…

—Oh, no te preocupes, muchacho. Ya sabía que había algo familiar en tu rostro —apuntó rápidamente. El joven Cullen supuso que lo había visto la última noche a… ¿las cuatro de la mañana?, ¿era aquello posible?—. Ella vive en el cuarto piso, apartamento uno.

Edward sonrió radiantemente.

—Muchas gracias.

El joven entró en un ascensor relativamente pequeño y apretó uno de los sobresalientes botones negros, ubicados a su derecha. Espero unos instantes hasta que se encontró en el séptimo piso. Las puertas se abrieron y el joven Cullen caminó por un corto pasillo, hasta dar con la primera puerta, como la mujer le había indicado. Una sonrisa ladina se posó en sus labios, mientras golpeaba suavemente.

Pocos minutos después, Bella apareció en la puerta. Su cara era digna de fotografiar: tenía la boca abierta, los ojos fijos en Edward y las cejas muy alzadas. Traía lo que parecía ser el pantalón de un pijama, de color verde gastado, y una camiseta relativamente grande, con la inscripción del nombre de una reconocida banda. Después de unos segundos de inconciencia, parpadeó varias veces y comenzó a balbucear cosas sin sentido.

—¿Qué demonios… haces aquí? —preguntó la joven, a media voz.

—Si tú no puedes ir a las montañas, las montañas vendrán a ti… —comentó Edward, con aires misteriosos. Bella lo miró alzando una ceja— o algo así.

—Repito —dijo, con voz más segura y agresiva, ya algo recuperada de la impresión—, ¿qué demonios haces en mi casa?

Edward batió las pestañas, con falsa inocencia.

—He venido a hacerle una visita a mi nana —apuntó, sonriendo suavemente. Unos pequeños hoyuelos se formaron en sus pálidas mejillas.

La joven Swan lo miró con una ceja alzada y le regaló una gélida mirada. Edward nunca la había visto así y, pensando en los sucesos de su último encuentro, creyó que tenía motivos para tratarlo de aquella manera.

Bella intentó cerrarle la puerta en la cara, pero el muchacho la interceptó con uno de sus fuertes brazos. Una sonrisa ladina se pintó en sus labios, mientras empujaba la madera e ingresaba al apartamento de Bella. El lugar estaba impecablemente ordenado, con cada cosa en su lugar, resplandeciente. El joven, aún con aquella expresión radiante en su rostro, avanzó por la inmaculada superficie, hasta acomodarse en un confortable sofá de cuero. Bella, con las manos en las caderas, se paró frente a él y lo miró, con una ceja alzada.

—¿Estás cómodo? —preguntó con ironía.

—Oh, sí, es un muy buen sofá —respondió él, de forma burlona, mientras cruzaba sus piernas.

Bella resopló y se quedó observándolo, con los ojos entrecerrados.

—Edward, realmente, ¿qué quieres? —inquirió y parecía que estaba a punto de matarlo.

El muchacho rió suavemente, tomándose su tiempo para responder.

—He venido a discutir contigo… mi premio —explicó y vio como los ojos de Bella se agrandaban—. Has perdido la apuesta, por lo que vengo a cobrar —explicó, apoyando sus brazos a lo largo del respaldo del sofá.

—Mira, Edward, esto es muy gracioso, pero yo debo terminar trabajos importantes para la universidad; así que si, por favor, te retiras de mi apartamento… —dijo Bella rápidamente, con voz fría.

El joven Cullen se acomodó mejor, mirándola fijamente.

—No es una broma, Bella —apuntó, con un tono suave y calmado—. Vengo a reclamar lo que me pertenece.

—Edward —pronunció lentamente la muchacha, mientras él se ponía de pie—, mira, te pagaré de cualquier forma, aunque ni siquiera sé por qué estoy haciendo esto…

El joven la miró, con una ceja alzada. Las cosas estaban empezando a tomar el rumbo que él deseaba.

—¿Limpiar tu ropa?, ¿hacer tus tareas de la escuela?, ¿correr desnuda por el medio de la avenida?, ¿¡qué demonios quieres que haga! —preguntó la joven Swan, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

Edward siguió observándola, con una pequeña sonrisa pícara surcando sus labios.

—La verdad eso último no me disgustaría… —comentó, como quien no quiere la cosa—; pero creo que mi deseo va a ser algo más… personal.

Bella lo miró amenazante, y lo apuntó con uno de sus dedos.

—Ten cuidado con lo que dices, Edward Cullen, si no quieres que intenta arrancarte todos y cada uno de tus cabellos… otra vez —apuntó, frunciendo profundamente el entrecejo.

El muchacho hizo una mueca burlona, acercándose un poco más a Bella. La joven Swan, por inercia, se fue hacia atrás, haciendo que su acompañante soltara una carcajada entre dientes.

—Tranquila, no te voy a morder… —comentó jocosamente.

—No estoy tan segura —farfulló Bella.

Edward sonrió de lado, acercándose un poco más. Entonces, con la cercanía, Bella explotó:

—¡Vamos, Edward, dilo de una maldita vez! —exclamó—. ¿¡Qué quieres!

Edward se quedó un largo tiempo en silencio, ya que él tampoco había pensado con exactitud que iba a pedir. Fue un trabajo difícil maquinar algo en aquel instante, ya que no podía encontrar ninguna cosa que no relacionara a él y Bella con una cama… o alguna cosa que se le pareciera. Intentó concentrarse en sus profundos ojos castaños y en sus oscuras pestañas, en sus mejillas sonrosadas y sus labios apretados con furia contenida. Entonces, sin siquiera ser conciente de ello, las palabras salieron fluidamente de su boca:

—Una cita.

—¿Qué? —preguntó Bella atónita.

Edward no lo repitió. Él también estaba bastante sorprendido como para decir algo.

¿Desde cuándo Edward Cullen tenía que suplicar para conseguir a una chica?

1 comentario:

Ada Cullen dijo...

Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!!! me gustoooo Edward traviesoooo Cullen esta super est fic si que me guusta muucho muchoooo a ya quieor ver que mas pasa aqui

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