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sábado, 15 de mayo de 2010

cap 7 - no es tan facil ser niñera





Capítulo VII: Nunca apuestes contra… nadie.

"Lo importante no es ganar, sino hacer perder al otro"

.

Bella había buscado refugio en su querida amiga Angela, que tan sólo había podido reír ante la desesperación de la joven Swan:

—No puedes negarlo, es una situación de lo más graciosa —había comentado.

Bella estaba comenzando a ponerse histérica a medida que la noche pasaba. Edward la tenía tomada por la cintura —respetando los límites establecidos, por supuesto— y, a diferencia de ella, parecía feliz con toda aquella situación. Claro, Bella pensó que las cosas no podían ir peor para ella; pero, como usualmente le sucedía, estaba equivocada.

—¡Bella, Angela! —gritó emocionadamente Jessica, llegando hasta ellas. Entonces, sus ojos recayeron en Edward y en su mano, que tenía atrapada a la joven Swan.

Parecía que la muchacha se había quedado perdida en otra dimensión.

«Tierra llamando a Jessica, Tierra llamando a Jessica».

—Esto… Jessica, te presento a Edward Cullen, mi novio —comentó Bella, incómoda, con cierta ironía ante el mote para el joven.

—Oh —soltó la joven Stanley, saliendo de su trance—. Un gusto —comentó, sonriendo a Edward radiantemente.

El muchacho le devolvió una sonrisa ladina, haciendo que Bella soltara un suspiro.

Angela, por su parte, dejó escapar una risita disimulada.

—Muy buena fiesta, Jessica —comentó la joven Webber.

—Oh, gracias, pero todavía no habéis visto nada —aseguró. Una mirada sugerente se dirigió hacia Edward.

Bella resopló, pero todo tipo de molestia quedó fuera de juego cuando vio aquellos ojos azules que tanto la atormentaban. Mike Newton hizo acto de presencia, mostrando una reluciente sonrisa en su rostro. Se pasó una mano por su cabello rubio y saludó a los presentes, deteniéndose especialmente en la joven Swan. El muchacho, a pesar de salir con Jessica, siempre había tenido un extraño tipo de fijación con la pobre Bella, que no quería verlo ni en pintura. El muchacho era guapo, sí, pero su ego y su idiotez parecían ocupar más espacio que su cuerpo.

«Y eso que a mi lado tengo al rey de los idiotas ególatras», pensó Bella, echándole una rápida mirada a Edward.

Agradeció que Angela captara su mirada desesperada cuando Mike comenzó a preguntarle sobre su vida. La joven Webber, sin perder el tiempo, tomó a su amiga de la mano y, poniendo la excusa de «necesitamos urgentemente algo para beber», se la llevó hacia donde se encontraba la gran barra.

—Gracias, Angela, gracias —soltó Bella rápidamente, cuando se encontraban esperando un par de tragos—. La verdad es que dos idiotas en la misma noche es… demasiado.

—¡Hey, no hables así de mi amigo de la infancia! —se quejó Angela, a modo de broma, mientras la pasaba a su compañera un vaso con… algo.

—¿Qué es esto? —preguntó Bella, perspicaz.

Angela le dio un gran trago.

—La verdad es que no lo sé, pero está bueno —comentó, sonriéndole a su amiga. Bella entornó los ojos—. ¡Vamos, necesitarás algo de alcohol en sangre para aguantar la noche!

Bella suspiró, asintiendo lentamente, y se tomó el contenido de un largo trago.

Después de todo, Angela estaba en lo cierto.

Una vez que pidieron un segundo trago, se fueron a sentar a uno de los sofás ubicados al fondo de la enorme sala, donde la música y el griterío no eran tan fuertes. Bella, esta vez, se tomó su tiempo para degustar el trago. Angela y ella empezaron a conversar de temas variados; la joven Swan estaba disfrutando de la conversación hasta que, por supuesto, recayeron en el tema del que menos deseaba oír: Edward.

—¿Te está molestando mucho? —preguntó Angela, conteniendo meticulosamente una risita, sólo para que su amiga no se cabreara demasiado.

Bella soltó un pesado suspiro.

—Como no te das una idea —aseguró—. No deja de perseguirme.

Angela la miró con una sonrisa de lado.

—¿De perseguirte? —preguntó, con suspicacia.

—¡Quiere llevarme a su cama! —chilló Bella, balanceando peligrosamente su trago—, y te aseguro que no es fácil lidiar con un adolescente lleno de hormonas que no hace otra cosa que hacerte insinuaciones y tirársete encima cada vez que se le presenta la oportunidad —soltó rápidamente.

Angela lo pudo contenerse y dejó escapar una ruidosa carcajada.

—¡No es gracioso! —se quejó Bella por enésima vez, en un extraño gemido.

—¡Bella, vas a volverte loca si sigues así! —apuntó su amiga, dándole un trago a su bebida—. Creo que tienes que buscar una solución, y tienes que hacerlo rápido.

—Como si fuera tan fácil —murmuró Bella, pesimista.

Angela se quedó pensativa, moviendo el contenido de su vaso con el pequeño sorbete. Ambas compartieron un silencio por algunos segundos, escuchando sólo la música y los murmullos que llenaban el ambiente.

—Creo que… tú estás… bueno… tú necesitas… —dijo Angela finalmente, y fijó la vista en su bebida.

—¿Que necesito qué? —preguntó Bella, levemente interesada.

¡Estaba tan desesperada!

—Bueno… yo creo que tú… necesitas… bueno… eh… acostarte con alguien, Bella —comentó Angela, con el rostro sonrosado.

Bella miró incrédula a su amiga y se echó hacia atrás, alejándose un poco de ella, como si tuviera algún tipo de enfermedad contagiosa.

—¿Quién demonios eres y que has hecho con mi amiga? —preguntó, aterrada.

—¡Bella, estoy hablando en serio! —protestó Angela.

—¡Yo también! —respondió, aún con el horror en su voz—. ¿Qué demonios te ha hecho Ben?, ¡te ha pervertido!

—Honestamente, creo que necesitas… descargar toda tú… frustración con alguien —apuntó Angela, con toda la delicadeza posible, teniendo dificultad en encontrar las palabras adecuadas—. Quiero decir, si no puedes hacerlo con Edward…

—¡Yo no quiero hacer nada con Edward! —se quejó Bella.

—Lo sé, lo sé —respondió rápidamente Angela—, por eso te lo digo.

La joven Swan se quedó mirándola, sin entender una palabra.

—Bella, Edward está siempre insinuándosete y tirándose sobre ti —explicó, con lentitud—. Si te perturba es porque… bueno, porque tú… no has estado con nadie y… ¡tú entiendes!

—No, Angela, no lo hago —respondió Bella, casi horrorizada y con el rostro azorado—. ¿Estás insinuando que el hecho de que nunca me haya acostado con nadie hace que el comportamiento de Edward me afecte tanto?

Angela asintió fervientemente, cual maestra hace cuando el pequeño niño aprende la lección.

Bella suspiró, segura de que nunca más le dejaría a Angela beber nada que tuviera mayor graduación alcohólica que un zumo de naranja.

—Estás loca.

Afortunadamente, Ben llegó pronto a la escena, seguido de Edward, y la conversación de vio interrumpida. Bella casi corrió hacia donde se encontraba su supuesto novio, segura de que nunca había estado tan feliz de verlo. Ni siquiera se dio cuenta cuando aceptó ir a bailar con él, pero sólo fue conciente de ello cuando se encontraban en la pista de baile, moviéndose al compás de la música… bueno, cuando Edward se encontraba moviéndose.

—Yo no bailo —comentó rápidamente Bella—. Tengo dos pies izquierdos.

Edward la miró con una sonrisa de lado.

—Eso es porque nunca has bailado conmigo —se jactó.

Bella rodó los ojos.

—Vamos, Edward, no quieres quedar en ridículo y yo tampoco —comentó Bella, con voz monótona.

El muchacho simplemente la tomó por la cintura —respetando los límites impuestos por la joven— y la acercó un poco a él. Levantó uno de sus brazos y obligó a Bella a que pasara los suyos por su cuello. Suspirando con molestia, la joven Swan apoyó sus manos sobre los amplios hombros de Edward, sintiendo cuan fuertes eran. El muchacho la apoyó sobre él y juntos comenzaron a moverse al ritmo de la música.

—¿Te das cuenta que no era tan difícil? —comentó el joven, peligrosamente cerca de su oído.

Bella suspiró e instantáneamente se acordó de las palabras de su amiga. Cerró los ojos fuertemente, intentando no pensar en ello. ¡A ella no le importaba acostarse con él!, ¡ni con nadie!

Afortunadamente, la canción no duró demasiado, ya que el padre de Jessica decidió que era un buen momento para entregarle el regalo a su hija: subiendo al improvisado escenario en la parte trasera de la sala, después de unas cuantas palabras emotivas, le dio a su «pequeña» la llave de un flamante Mercedes SLK Roadster… o por lo menos eso fue lo que escuchó Bella, cuando un joven lo dijo detrás suyo.

—¿Le van a dar ese coche a una joven que no debe saber ni siquiera estacionar adecuadamente? —siguió quejándose el muchacho, con una voz extrañamente familiar.

Bella se volvió para observar al sujeto y la sorpresa se plasmó en el rostro de ambos cuando sus miradas se encontraron.

—¿Bella?

—¿Jacob?

Ambos rieron tontamente y se saludaron. Jacob le presentó al muchacho con quien estaba hablando, un menudo chico de piel trigueña, llamado Seth Clearwater.

—Supongo que tú también fuiste arrastrado al «evento del año», ¿no? —preguntó la joven Swan, con una risita, mirando a Jacob.

El muchacho asintió.

—Sí, ¿cómo perdérmelo? —respondió, con clara ironía. Entonces, sus ojos oscuros se clavaron en el acompañante de Bella—. Cullen…

—Black —respondió Edward, con una extraña formalidad—, ¿cómo estás?

—¿Se conocen? —preguntó Bella, confundida.

—Edward sale con mi hermana, Rachel —comentó rápidamente Jacob, dirigiéndole una desdeñosa mirada.

Bella observó a su «novio», con incredulidad.

—Oh, bueno, igual nosotros ya nos íbamos, ¿verdad, Edward? —comentó Bella. Se acercó un poco a Jacob, con el fin de que sólo él lo escuchara—. Su madre me pidió que cuide de él y debo dejarlo en casa antes de las cuatro de la mañana —comentó, secundando su despreocupación con una risita.

Jacob la miró, frunciendo el ceño, pero finalmente sonrió.

—De acuerdo, un placer haber hablado contigo, Bella —comentó rápidamente—. Espero que volvamos a vernos.

Bella le sonrió amistosamente y luego tiró de la mano de su acompañante, que soltó una especie de gruñido. Tardaron un rato en encontrar a Angela y, cuando la hallaron, la joven Swan le explicó que debían irse. Sin darle muchos más detalles, la falsa pareja salió de la casa. Edward, cuando ya se encontraban a unos pasos del Volvo, se volvió para mirar a Bella.

—¿Por qué nos vamos? —preguntó, con una sonrisita—, ¿acaso no te estabas divirtiendo?

—Agradece que estoy salvándote el pellejo porque, si Jacob se enteraba que te estabas haciendo pasar por mi novio…

Edward hizo un sonido con su boca, señalando que, al parecer, le importaba muy poco lo que Jacob pudiera o no hacer.

Ambos se subieron en el flamante automóvil del joven y éste lo puso en marcha, conduciendo a aquella velocidad descomunal a la que parecía estar tan acostumbrado, mientras la joven Swan le daba indicaciones. Pronto se encontraron en la puerta del edificio donde vivía Bella. Edward se volvió hacia ella antes de que bajara del auto:

—Hasta mañana, amor —bromeó el joven, mientras se acercaba a ella. Depositó un rápido beso cerca de la comisura de los labios de Bella, que parecía pegada al asiento—. Nos vemos.

La joven Swan soltó un gruñido, mientras bajaba apresuradamente del vehículo.

Lo último que escuchó de Edward fue su insoportable y aterciopelada risa.

El orden de su apartamento ya no era algo que le importara demasiado desde que había comenzado a trabajar en la casa de los Cullen. Antiguamente, su hogar tenía todo en su lugar, los libros ordenados por autor y título, los zapatos y la ropa en bien acomodadas en su armario; incluso sus cosas de la universidad estaban impecables. Sin embargo, desde que su nuevo trabajo había comenzado, ya habían cosas tiradas por el medio de la sala, una gran pila de ropa se encontraba en el pequeño sofá de su habitación…

A veces se preguntaba qué había sucedido con la vieja Bella.

—Se fue junto con tu cordura —se repitió a sí misma, mientras se dejaba caer sobre la cama.

Esa fue la primera noche que soñó con Edward Cullen. Con sus labios, con su insoportable risa y con la apuesta que ambos habían hecho.

La mañana siguiente se despertó sobresaltada ya que, en su sueño, Edward la perseguía con un látigo, obligándola a cumplir la apuesta que, evidentemente, había perdido. Suspiró y se dirigió al baño, estando segura de que ser la esclava personal de Edward Cullen no estaba entre sus planes. Y volverse loca tampoco, por supuesto.

Aunque, después de su particular sueño, no sabía si eso no había sucedido ya.

Al ser sábado, tuvo la oportunidad de hacer algunas cosas antes de salir: acomodó un poco —no demasiado; aquéllo, realmente, no era algo que le importara en ese momento—, se preparó un buen almuerzo y miró una película en la televisión, esas de las cuales nunca podía cansarse. Estaba casi al fin de la misma, cuando el teléfono comenzó a sonar insistentemente.

—¿Hola?

—¡Hija!, ¿cómo estás? —preguntó Reneé, la madre de Bella.

Aquéllo fue el comienzo de una larga conversación. La joven Swan le contó a su madre sobre su nuevo trabajo, sobre sus estudios y su vida en la ciudad; ocultando los pésimos detalles más recientes de su vida. Ella siempre había sido la hija perfecta: cuidadosa, ordenada, madura y centrada. De hecho, estaba sorprendida de todas las cosas que había hecho en el último tiempo; más puntualmente, desde que había comenzado a trabajar como niñera de los Cullen. ¡Nunca había estado en la estación de policía! Y, claro, teniendo en cuenta que su padre era oficial, aquéllo era todo un logro. ¿Apostar?, ¡ni en sueños!; ¿tener un novio falso?, ¡por Dios, era algo tan infantil y estúpido!

Evidentemente, había algo en aquella casa que había trastocado todo su mundo, poniéndolo patas para arriba… y, realmente, no quería pensar en qué había sido.

Prefería ignorarlo y ya.

Habló un poco más con su madre antes de poder despedirse, y ésta le comentó que pronto haría una fiesta sorpresa para el cumpleaños de su padre y que quería que ella estuviera presente, por lo que le mandaría algunos pasajes de avión que un amigo de su padre podía conseguir sin problemas. Bella sonrió ante la perspectiva de poder pasar un fin de semana con su familia en Jacksonville, el nuevo pueblo de residencia de sus padres, debido a las locuras de su progenitora. Después de todo, Renée siempre había aborrecido Forks.

Cuando el reloj marcaba la una y media de la tarde, creyó que sería prudente partir hacia la casa de los Cullen. Se despidió rápidamente de su madre, asegurándole que volvería a llamarla; luego tomó su bolso, sus trabajos pendientes y salió del apartamento.

Tuvo suerte de conseguir pronto un taxi, ya que tenía el tiempo justo para el viaje. Cuando llegó a la casa de los Cullen, Esme ya estaba lista para irse.

—Hasta luego, Bella —saludó, antes de cruzar la puerta.

Edward, como usualmente sucedía, estaba encerrado en su habitación; o por lo menos eso había sido lo que había dicho la pequeña Alice, que estaba muy entusiasmada dibujando, con sus cosas desparramadas sobre la mesa de la gran sala de estudios. Bella aprovechó el clima pacífico que había en la casa y se puso a leer uno de los libros que le habían pedido en la universidad, sentada cerca de la pequeña. Había terminado ya con unos siete u ocho capítulos, cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Mágicamente, cuando alzó la vista, Alice ya no se encontraba más allí.

Sacudió la cabeza, mientras se ponía de pie. Realmente se enfrascaba en sus lecturas.

Corrió hacia la sala y tomó el pequeño teléfono móvil, que no paraba de sonar. Lo abrió y atendió, presurosa.

—¿Sí?

—Bella, habla Billy Black —saludó una gruesa voz masculina—. Te llamaba para avisarte que tu camioneta ya está lista.

Bella habló con el viejo Billy por un rato, emocionada de volver a tener su antigua camioneta —o trasto, como solía llamarla— bajo su posesión. La realidad era que le resultaba bastante incómodo tener que ir de un lado al otro con taxis o transporte público y, a pesar de que su vehículo no era lo más rápido o lujoso del mundo, la había salvado en muchas ocasiones.

Cuando terminó de contarle la buena noticia, Billy acabó la comunicación. Sin embargo, pronto el móvil volvió a sonar.

—¿Sí?

—Bella, olvidé mencionarte que necesito que vengas a buscarlo a la tarde, si vas a venir mañana —explicó Billy rápidamente—; estaré fuera hasta el mediodía.

—De acuerdo, Billy, no te preocupes —tranquilizó ella—. Estaré allí en la tarde.

—Perfecto, Bella. Hasta luego —se despidió.

La muchacha apoyó el móvil sobre su bolso y se acomodó en el sofá, feliz de poder recuperar a su querido trasto. No tuvo demasiado tiempo para seguir pensando en ello, ya que el teléfono volvió a sonar.

—¿Sí, Billy?, ¿qué sucede ahora? —preguntó divertida.

—Mis padres me han bautizado Angela, hasta donde tengo entendido —comentó su joven amiga, divertida.

Bella rió.

—Perdón, Angie —pidió—, pensé que eras mi mecánico.

—Oh, muchas gracias —comentó, con ironía. Escuchó una risita al otro lado de la línea—. Yo estoy bien, pero ¿cómo van las cosas por allí?, ¿«hormonas revolucionadas» está bajo control?

Bella rodó los ojos.

—No ha salido de su habitación desde que llegué —comentó divertida—. De hecho, Alice debe estar en la suya también —agregó, en un vano intento de desviar el tema de conversación.

—¿Has pensado que lo que te dije? —preguntó la joven Webber.

Bella abrió la boca, con clara sorpresa. ¡Y ella que había pensado que aquella sugerencia de su amiga había sido sólo porque estaba algo pasada de copas!

—¡Angela!, ¡no lo he pensado en ello, ni necesito hacerlo! —respondió rápidamente. Sus mejillas habían adquirido un leve tono carmín, mientras comenzaba a pasearse por la habitación.

—Bella, de verdad, deberías… considerarlo —comentó Angela, vacilante.

—¡Esto no tiene nada que ver con que nunca me haya acostado con nadie! —se quejó Bella.

Entonces, giró, en medio de su incesante caminata, y su vista quedó enfocada en la puerta; más específicamente, en Edward, que se encontraba de pie allí, con la boca abierta. Parecía congelado. Claro, Bella no podría haber asegurado aquéllo, ya que ella estaba igual de estupefacta que él. ¡Él no podía haber oído la conversación!, ¡no, no, no!

—A-A-Angie, te tengo que cortar —balbuceó—. T-te llamo luego.

Ni siquiera le dio tiempo a su amiga a responder, simplemente finalizó la llamada.

Ella y Edward se quedaron mirándose fijamente y compartieron un silencio que se extendió por lo que parecieron interminables minutos.

—¿Tú… tú… nunca…? —Edward parecía tener la mente completamente en blanco.

Bella sintió como sus mejillas comenzaban a emanar calor propio.

—¡No!, ¿por qué?, ¿tienes algún problema con ello? —preguntó agresivamente, mientras le daba la espalda.

No pudo escuchar nada, hasta que sintió dos cálidas manos en su cintura. El tibio aliento de su acompañante chocó contra su cuello; Bella se volvió hacia el joven, presa de los nervios y la incomodidad. Edward comenzó a caminar y ella tan sólo pudo retroceder, hasta que su espalda chocó contra la pared de la sala. Las manos del muchacho se apoyaron contra la superficie, atrapándola en una inquebrantable jaula.

—De hecho, no tengo ningún problema —apuntó Edward, con su rostro a pocos centímetros del de ella.

Con cuidado, el muchacho se inclinó, hasta que sus labios rozaban la oreja de la joven. Bella sintió un molesto escalofrío cuando el aliento de Edward acarició su oído. El muchacho comenzó, lentamente, a besar el cuello de ella; aún contra su piel, tomó tan sólo un respiro para hablar:

—Me parece algo… —hizo una pausa, besando su clavícula, mientras con sus labios corría el jersey de la joven— encantador.

Las cálidas manos de Edward se posaron en la cintura de Bella y, alzando levemente su suéter, comenzó a acariciar la piel de su estómago, mientras seguía besando su cuello. Bella, que parecía congelada en su lugar, tuvo la necesidad de apoyarse contra la pared, temiendo perder la estabilidad en cualquier momento.

—Pero también me resulta… sorprendente —comentó el joven Cullen, mientras su boca bajaba por el cuello de Bella hasta su hombro—. Siendo tan bonita, que nunca…

—Detente, Edward —pidió. Intentó utilizar su voz más firme, pero aquello sonó bastante patético para su gusto.

El muchacho le regaló una sonrisa torcida, antes de volver a bajar la cabeza. Entonces una de sus manos, que hasta ese momento reposaban en su cintura, subió lentamente por el costado de su cuerpo, para luego comenzar a pasearse por su espalda suave y tortuosamente, llegando hasta el gancho de su sujetador. Bella gimió involuntariamente, mientras Edward alzaba la cabeza. Sus narices se rozaban y algunos mechones del cabello broncíneo del muchacho le hacían cosquillas en la frente a la joven Swan. Ella sabía que debía detenerlo, pero no podía hacerlo. Su cuerpo parecía ser una unidad separada de su mente, una parte que tomaba sus propias decisiones. Y las palabras de Angela seguían merodeando por su cabeza. ¡Debía recordar coserle la boca a su mejor amiga!

—¿Estás tan segura de que quieres que pare? —preguntó, embriagándola con su cálido aliento.

¿Realmente lo estaba?

Edward no esperó respuesta y aprovechó su vacilación para posar sus labios sobre los de ella. Bella sintió la lengua de Edward pidiendo permiso, mientras pasaba por su labio inferior. Perdiendo todo uso de sus facultades mentales, apoyó sus manos sobre sus cabellos desordenados, mientras lo atraía un poco más hacia ella. Entonces, sin esperar más tiempo ni profundizar el beso, Edward separó su boca de la de Bella, y su mano salió de abajo de su ropa. La muchacha lo miró extrañada y, al mismo tiempo, completamente horrorizada por lo que había hecho. El joven simplemente sonrió de forma arrogante y volvió a acercarse a su oído.

—Creo que has perdido —comentó.

Le dio otro rápido beso en el cuello y, después de dirigirle otra sonrisita torcida, se alejó y salió de la sala.

Bella, aún apoyada contra la pared, se dejó caer y hundió la cabeza entre sus manos.

¡Ese había sido su propósito! ¡Demonios!

¿Cómo podía haber sido tan estúpida e inconciente?

¡Ella no podía haber caído en el estúpido juego de un muchacho rompecorazones!

En aquel momento, Bella Swan se odiaba a si misma más que a nadie en el mundo…

Bueno, quizás más que a nadie en su mundo, donde todo era demasiado perfecto como para que existiera alguien como Edward Cullen.

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Hola chicos y chicas!! ahhaha ustedes querran matartme verdad....?? bueno disculpenme esta horrible tardanza pero veran tengo fiebre y como ya faltan dos semanas para acabar las clases y entrar en examenes finales... bueno esa universidad esta hecha un caos... pero tendre 2 meses y medio asi q ya me tendran para buen rato.... besos

Con ♥ Adri BC

1 comentario:

Ada Cullen dijo...

te matareeee porque lo dejas asiiiii... aaaaaaaaaaaaaaaaaa lloro mala adris mala..... mala ...... lloroooo uuuy ese Edward...... malo y buenitoooo.......
en fin no te mato mi negris bella te amooo

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