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domingo, 28 de marzo de 2010

Nuevo fic: NO ES TAN FACIL SER NIÑERA

Gracias a una chica muy simpatica ( Ladycornamenta ) que me ha dejado publicar su fic: No es tan facil ser niñera en mi blog, cada domingo religiosamente lo tendran aqui^^,espero lo disfruten como yo...






(la imagen es gracias a Sandra bedolla)


Toda la genialidad de Twilight es obra de Stephanie Meyer, mal que me pese. Edward, Jasper y todo lo que conocen es de ella. Sólo la locura y la trama me pertenecen.



"No es tan fácil ser niñera"


By LadyCornamenta

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Capítulo I: Introducción.


"Me gusta el trabajo: me fascina. Puedo sentarme y mirarlo durante horas…"



Suspiró con frustración, probando apenas un poco de aquél café barato que había comprado unas cuadras atrás. Aferró el bolso cruzado donde llevaba sus libros, mientras caminaba las pocas calles que le faltaban, y bebió de un sólo sorbo lo que quedaba de su café, no muy convencida con el sabor de lo que contenía el vaso térmico. Con una mueca de desagrado, tiró los residuos en un bote de basura y continuó el corto camino que la separaba de la universidad. Corrió a través de High Street, intentando no matarse en el proceso. Finalmente, comenzó a caminar por los terrenos de Yale, respirando con irregularidad.

Sabía que los primeros años siempre eran difíciles, sobre todo en una universidad tan prestigiosa como aquella, pero poco a poco iba a adecuándose a la nueva vida que ella misma había elegido. Los apurones por las mañanas, incluso, ya se estaban convirtiendo en algo habitual para Isabella Swan —más conocida como Bella—. La muchacha en cuestión poseía el cabello del color del chocolate, hasta media espalda y con suaves ondas, unos expresivos ojos café y tez pálida. Su contextura física era normal para sus diecinueve años de edad, aunque sus modos y su forma de hablar la hacían parecer siempre mayor.

La muchacha recorrió los pasillos a los que ya estaba terminando por acostumbrarse, mientras cientos de personas iban enfrascadas en sus propios asuntos y conversaciones. Después de atravesar una extensión considerable, la joven Bella ingresó en un amplio salón repleto de gente. Tuvo que buscar bastante con la mirada hasta encontrar algún rostro familiar.

—Bella, buenos días —saludó Angela Weber, quien compartía algunas clases con ella.

La muchacha le sonrió cordialmente, devolviéndole el saludo.

Las clases pasaron con la usual normalidad con la que se sucedían día tras día. Cuando el último período acabó, Bella recogió sus cosas y se levantó de su puesto. Esquivando a la gente, llegó hasta donde Angela se encontraba y ambas se encaminaron hacia la cafetería. Compraron algunas cosas y se dirigieron a los exteriores, con el fin de aprovechar uno de los últimos días de verano en New Haven.

—¿Y?, ¿cómo va tu vida de joven independiente? —preguntó cómicamente Angela, mientras ambas se acomodaban cerca de un frondoso árbol.

Bella suspiró, de forma teatral.

—Agotadora —aseguró, con una sonrisa. Luego se puso seria—, pero debo conseguir pronto algún trabajo.

Angela asintió, mientras abría una botella de agua.

—Te recomendaría que le des un vistazo al periódico —comentó, encogiéndose de hombros levemente—; después de todo, es lo más práctico.

Su acompañante asintió, con una mueca pensativa, mientras probaba su comida. La vida de adolescente independiente era agradable, pero las cuentas no se pagaban solas y ella lo tenía muy claro. Decidida a buscar un trabajo —aunque no por eso feliz con ello—, Bella comenzó a charlar con Angela sobre las posibilidades que tenía de conseguir algo para hacer después de la universidad.

Después de acabar sus clases, Bella estuvo toda la tarde intentando realizar su cometido. Tomó un periódico, que había comprado a la salida de la universidad, y comenzó a pasearse por la ciudad, buscando algo que pudiera ayudarla a mantener el alquiler de su apartamento y sus gastos diarios. Dejó escapar un largo suspiro, mientras tachaba otro de los tantos anuncios que se encontraban ordenados en la amplia página del periódico. Harta de escuchar las múltiples excusas y negativas, se dejó caer un banco de la plaza por la que pasaba. Apoyó su bolso a un lado de su asiento y echó la cabeza hacia atrás. ¡Endemoniado mundo laboral!

—Yo no tengo la culpa de que no tenga ni idea de lo que es un huevo duro… —escuchó una voz, suave y delicada, aunque con un matiz preocupado.

Bella alzó la cabeza, con confusión.

Un par de pasos más allá de donde la muchacha se encontraba, una mujer alta y delgada, enfundada en relucientes ropas, hablaba por su teléfono móvil. Su cabello oscuro caía lacio sobre su espalda, contrastando contra su impecable camisa blanca.

—Pues no lo sé —aseguró, a aquél con quien estaba hablando—. Si tantos problemas nos ocasionará, deberíamos contratar una niñera.

Aquella palabra llamó la atención de Bella.

¿Una niñera? Aquello debía ser algo fácil, ¿no?

—La pequeña Alice no puede quedar en manos del diablo… —murmuró la mujer, cuyos labios, pintados de un fuerte color rojo, resaltaban contra su piel increíblemente pálida—. No quiero que mi pequeña tenga problemas…

Bella sonrió.

¿Una pequeña? ¡Eso tenía que ser bueno! ¡Ella amaba los niños!

—De acuerdo, veré que puedo hacer —murmuró la mujer—. Sólo dile que se mantenga lejos de la cocina.

La alta señora, que no debía tener más de treinta o treinta y cinco años, cerró su teléfono móvil, soltando después un pesado suspiro. Alzó la vista y se encontró con los curiosos ojos de Bella, que aún la observaban con detenimiento. La mujer levantó una ceja, no sin cierta diversión, ante la mirada inquisitiva de la joven, haciendo que la misma se sonrojara.

—¿Todo está bien? —preguntó la alta señora.

Bella asintió torpemente.

—Sí… esto… verá… —balbuceó—. Yo estaba aquí sentada y, bueno…, accidentalmente, escuché que usted necesitaba una niñera… ¿no es así? —preguntó, con algo de vergüenza en su voz y las mejillas sonrojadas.

La mujer sonrió cálidamente, mientras asentía. Tenía una sonrisa muy bonita.

—¿Tú eres niñera? —preguntó cortésmente.

Bella se encogió suavemente de hombros, con nerviosismo.

—Me gustan los niños y cuando era más pequeña solía cuidar a mis vecinos —comentó la muchacha, con total honestidad.

La señora sonrió.

Intercambiaron unas cuantas palabras, intentando arreglar los horarios que podían resultarles útiles y cómodos a ambas. Bella, quien estudiaba por la mañana, terminó por aceptar trabajar en la casa desde las dos de la tarde hasta las nueve de la noche, de lunes a sábado. El horario era ajustado, lo sabía, pero necesitaba aquél trabajo. La mujer le garantizó que podría darle una buena paga, ya que, si había algo que realmente necesitaba, era una niñera responsable. Tenía que cuidar los niños, que resultaron ser dos, quienes, más que nada, la necesitarían para preparar la comida, limpiar algunas cosas y comprar otras. Tareas simples, que ella había hecho durante toda su vida, cuando solía convivir con su padre.

—Ten, este es mi teléfono —comentó la mujer, pasándole un papel con estilizada caligrafía—. Por cierto, soy Esme Cullen —agregó, tendiéndole la mano.

Bella la estrechó gustosa.

—Isabella Swan —se presentó, con desagrado ante su nombre completo—, pero prefiero que me llamen Bella.

Esme sonrió.

—De acuerdo, Bella —replicó la mujer—, te llamaré para decirte la dirección y cuando puedes empezar.

La muchacha sonrió, mientras se despedía de la señora Cullen.

¡Estaba salvada!

Se dirigió a su apartamento, a tan sólo unas cuadras de la universidad, y se desplomó sobre su sofá de cuero, con la alegría presente en cada rincón de su rostro. Su pequeño hogar estaba impecablemente limpio, con los muebles lustrosos y cada libro en su sitio. Le gustaba aquella perfección que destilaba de cada rincón de su apartamento cuando se encontraba en él. Con una sonrisa de satisfacción, tomó su teléfono y comenzó a contarle a Ángela las novedades. ¡No podría creer que finalmente tenía un trabajo! Además, uno tan bonito como aquél.

Con una sonrisa, terminó sus tareas. A la noche, mientras preparaba la cena, escuchó el teléfono timbrar. Corrió para atender y, cuando levantó el auricular, se sorprendió al oír la voz de Esme. Sonaba algo alterada, aunque aún mantenía aquél matiz aterciopelado y suave. Después de una rápida charla por formalidad, le comentó a Bella que la necesitaba urgentemente; realmente sonaba perturbada.

—Entonces… ¿quiere que empiece mañana mismo? —preguntó la joven Swan, confundida.

—Exacto —respondió rápidamente Esme—. No puedo dejar a los chicos solos ni un solo día más.

Bella rió suavemente.

—De acuerdo —aceptó—. Mañana a las dos de la tarde estaré allí.

Después de unas palabras de despedida, acabaron con la conversación. Bella comió su cena con una sonrisa, mientras pensaba en los niños que debía cuidar. Se imaginaba dos pequeños de piel pálida, con el cabello chocolate y los ojos del color del topacio de Esme. ¿Sería su marido tan bello como ella? ¿Serían los niños tan simpáticos y dulces?

Con todos aquellos interrogantes en su cabeza, se dirigió a la cama.

A fin de cuentas, el día siguiente sería largo.

Muy largo.

Ese jueves, la joven Bella estuvo perdida en su propio mundo, pensando en su nuevo trabajo. A la hora del almuerzo, le comentó a Angela las novedades. Después de que su amiga le deseara suerte, entusiasmada, terminó de comer rápidamente y se puso de pie. Una vez que se despidió de Angela, salió de la cafetería de la universidad. Mientras andaba por el campus, rebuscó en su mochila un pequeño papelito, que había guardado esa misma mañana, y le echó un vistazo. Allí se encontraba la dirección de la casa a la que se debía dirigir.

Estuvo un rato dando vueltas por la ciudad, totalmente agradecida de haber salido con tiempo. Tuvo que tomarse un taxi ya que, evidentemente, la casa de los Cullen no quedaba tan cerca como pensaba.

—Debe ser… aquí, señorita —comentó el taxista quedamente, minutos después de haber comenzado el viaje.

Bella alzó la vista y su boca se abrió de par en par, comprendiendo el tono de fascinación del taxista. Frente a ella se encontraba una enorme casa de estilo antiguo, rodeada de árboles y vegetación bien cuidada. Las paredes blancas brillaban bajo la luz del sol y los cristales despedían encantadores destellos de colores. Después de pagar el viaje, la muchacha se bajó del vehículo, aún algo obnubilada por la casa que se presentaba frente a sus ojos. Atravesó el amplio y frondoso jardín, repleto de flores, hasta que alcanzó la amplia puerta de roble. Con cuidado, llamó a la misma y esperó. El amistoso rostro de Esme se asomó unos pocos instantes después.

—¡Buenas tardes, Bella!, ¡qué bueno tenerte aquí! —saludó alegremente la mujer—. Pasa, pasa, por favor.

Bella inclinó la cabeza y tímidamente entró al hogar de los Cullen. El recibidor era tan hermoso como lo exterior y, por lo que podía ver, toda la casa en sí lo era. Esme pasó a su lado y se puso de pie a un costado de las magnánimas escaleras que conducían al piso superior.

—¡Alice, Edward, bajad por favor! —gritó, con aquella voz musical—. ¡Quiero presentaros a alguien!

Ni siquiera debió haber pasado un minuto, cuando una pequeña corrió al lado de Esme, con entusiasmo en cada uno de sus pasos. Su cabello, negro como la noche, caía lacio hasta los hombros, acabando en diferentes direcciones. Sus ojos, del mismo color topacio que los de su madre, brillaban con viveza detrás de las espesas pestañas negras. Su piel pálida contrastaba con su jersey gris del uniforme, al igual que su blanca sonrisa.

—Alice, ella es Bella, la muchacha de la que te hablé —explicó Esme maternalmente.

La niña, sin borrar su enorme sonrisa, se acercó a la recién llegada muchacha y la estrechó en un cariñoso abrazo; claro que Bella le sacaba más de una cabeza de altura, motivo por el cual la joven sólo pudo acariciarle la cabeza con suavidad.

—¡Bienvenida, Bella! —exclamó alegremente la pequeña—. Es bueno tenerte aquí.

La joven castaña sonrió. Cuidar de aquella niñita sería algo interesante.

Esperaron unos cuantos minutos, en los que Esme sólo dirigió miradas furtivas a la escalera. Después de ese lapso de tiempo, suspiró con molestia y volvió a acercarse al primer peldaño.

—¡Edward, si no bajas ya, iré a buscarte yo misma! —exclamó amenazadoramente Esme.

Se escucharon algunos ruidos en el piso superior, seguidos de lo que pareció ser un portazo. Pocos segundos después, un muchacho comenzó a bajar las escaleras. Debía tener alrededor de un metro ochenta y lucia un aspecto desaliñado, con la camisa desabrochada y algo arrugada, el nudo de la corbata escolar desecho y el cabello castaño totalmente revuelto. Se acercó a su madre y sus ojos, verdes como las esmeraldas, se clavaron en Bella, cuyo rostro se encontraba lleno de sorpresa.

¡Aquél no era un pequeño niño!

—Bella, te presento a Edward, mi hijo —comentó Esme, con un gesto de su mano y un suspiro de por medio—. Edward, ella es Bella, vuestra nueva niñera.

Edward sonrió ladinamente, acercándose y besando la mano de la joven castaña.

Bella simplemente abrió la boca, de forma inconciente, con el rostro algo sonrojado y aún sin poder salir de su sorpresa.

Debía cuidar de un… ¿joven adolescente?

De acuerdo, aquello, sin dudas, no estaba en sus planes.

¿Sería todo tan fácil como creía?

Volvió a observar la sonrisa torcida de Edward y sus pícaros ojos verdes.

No. Definitivamente, no lo sería

1 comentario:

Ada Cullen dijo...

Adris este fic suena delishussss..... me guta ... y pue sapra la escritora felicitaciones para ti un abrazooote mi niña te quiero muuucho

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